lunes, 22 de enero de 2018

Las demandas latentes de género en el #VotoJoven en tiempos del #MeToo






Por Rubén Weinsteiner

A las mujeres jóvenes no se las deja crecer hacia arriba y a los hombres jóvenes no se los deja crecer hacia adentro.

Cuando construimos una marca política y desarollamos una narrativa de identidad y personalidad, un discurso, un posicionamiento, una simbología y ritualidad marcaria, debemos investigar los deseos, necesidades, demandas y miedos, desda la superficialidad racional hasta la profundidad reptiliana, pasando por la fase intermedia emocional.

Votamos a alguien, simplemente porque nos gustan sus propuestas?

En ese caso las propuestas se convertirían en una commoditie que cualquier candidato podría tomarlas y utilizarlas.


Sistema de preferencias


Solo el 15% del sistema de preferencias se articula de manera racional, funcional, y analítica, con una estructura de secuencia lógica que se define en el cortex o corteza cerebral, que es la sede de la razón, la herramienta lógica que usamos para ver el mundo.

Es el que define menos, pero es el emisor, el que habla, por eso nos parece que define todo.

“Voto al candidato C, porque promete mejor transporte público, porque promete incentivar el empleo, porque es inteligente y culto” “voto al candidato porque C porque es honesto” “Es un gran economista”.

El listado de propuestas, los discursos y las consignas operan fuerte en el cortex, pero como dijimos solo determinan el 15% del proceso de decisión.


El 30% del sistema de preferencias se define en el sistema límbico o cerebro emocional, centro de la afectividad. Es aquí donde se procesan las emociones (penas, tristezas, angustias o alegrías).

“Voto al candidato A porque me emociona” “está comprometido con la tolerancia” “es sensible con los que menos tienen”, “es un genio” “es de los míos”. Los jingles, las canciones y los slogans operan fuerte aquí.

Aquí se ubica la empatía, “el es como yo”.

El sistema límbico o cerebro emocional, también llamado “cerebro medio”, está justo debajo de la corteza cerebral y comprende el tálamo, hipotálamo, el hipocampo y la amígdala cerebral .

Estos centros funcionan en todos los mamíferos, siendo el asiento de movimientos emocionales como el temor o la agresión. Y en el ser humano éstos son los centros de la emoción.

El sistema límbico es considerado también el centro de recompensa, por lo que se ve afectado en el caso de las adicciones. Ese centro de recompensas es el que se puede alinear con la ritualidad emotiva, con lo que emociona, hace llorar, reir enojarse, indignarse etc.

Camuflado detrás de los 2 sectores ya mencionados y responsable del 55% de la constitución del sistema de preferencias, se encuentra nuestra fase más primitiva, el cerebro reptil.


Reptiliano: paradigmas, miedos y arquetipos en el sistema de preferencias del voto joven

El 55% del sistema de preferencias del sujeto de elección joven , se juega en la parte más primitiva de nuestro cerebro, lo que llamamos reptiliano. La zona cerebral que se encarga de los instintos básicos de la supervivencia: guarida, comida, salud, deseo sexual, reproducción, seguridad, venganza, codificaciones amigo-enemigo, respuestas pelea-huye, el futuro, la muerte etc.

El Reptiliano es lo que le aseguraba a nuestros antepasados la supervivencia. Es que nos decía cuando podíamos quedarnos y cuando teníamos que huir, cuando podíamos relajarnos, y cuando teníamos que luchar, donde y cuando podíamos conseguir comida, guarida y pareja, como cuidar y defender a los hijos, y cuando debíamos abandonar un lugar para buscar otro.

La protección, la venganza, la seguridad, el poder, la supervivencia y los hijos, son ejes centrales en el metadiscurso reptiliano.

Gran parte del comportamiento humano se origina en esta zona, profundamente enterradas en el cerebro, son las mismas que en un tiempo dirigieron los actos vitales de nuestros antepasados.

El reptiliano busca, guarida, alimentación y educación y salud para la cría. El reptiliano se conmueve cuando el candidato lo toca, come y baila. Tocar, comer y bailar, tiene que ver con rituales tan primitivos como el reptiliano, son rituales atávicos, a través de los cuales el reptiliano decodifica, cercanía, “amigo” y no “enemigo”, y predispone al 45% restante compuesto por el cortex y el límbico, para recibir con buena predisposición los mensajes específicos.
Este cerebro primitivo de reptil se remonta a millones de años y aún dirige parte de nuestros mecanismos para cortejar, casarse, buscar hogar y seleccionar dirigentes.

En los segmentos jóvenes el reptiliano lleva a su máxima expresión el esquema binario. Por eso el joven ama o no ama, mucho más allá de la limitada y ‘civilizada’ empatía que pueden sentir los mayores.

Las definiciones reptilianas tienden a desplegarse entre dos opciones, entre la cuales, no elegimos siempre las más racional, sino la que prefiere nuestro cerebro reptil. Y no siempre es la obvia.

El cerebro reptil es un enorme yo. Sin él nos habríamos extinguido. El reptil no tiene compasión ni empatía. Sólo entiende los grandes contrastes: blanco o negro. No tiene tiempo de más. El reptil joven reduce opciones a lo binario para sobrevivir, aunque la realidad es más compleja y comprenderla a fondo requeriría una lógica difusa. Se trata de un sistema que posterga las abstracciones, va a lo tangible, y es profundamente emocional y visual.

Los clivajes se constituyen para interpelar directamente al reptiliano.

Una de las dimensiones más importantes para la construcción de una marca política poderosa en el voto joven, es la arquitectura de un discurso de poder sólido, en función de un clivaje eficaz.

El clivaje es la división traducida en competencia política, que construye las singularidades y particularidades de una marca política, permitiendo plantearle a los sujetos de elección, una competencia con las demás marcas políticas.

El clivaje permite presentar lo que uno es, reforzado por lo que uno no es, en un esquema binario, si-no, blanco-negro, un planteo fácil de asumir, del tipo “de que lado estás” a los electores.
Este esquema es claramente el que necesita para operar el reptiliano. El debate en términos reptilianos se organiza a través del esquema binario

Desde los históricos derecha-izquierda, conservadurismo-liberalismo en Estados Unidos o peronismo-antiperonismo, en la Argentina; o la UCR desarrollando un clivaje en torno a institucionalidad-clientelismo, Carrió acerca de transparencia-corrupción, Macri; ineficiencia-gerentismo eficiente, el kirchnerismo inclusión-exclusión (todos/as-pocos),: otros probaron consenso-enfrentamiento, mano dura-garantismo, modernidad primer mundística-atraso (lo viejo), privado-estatal, liberación o dependencia, etc.

Detrás de la alternativa, se propone un posicionamiento claramente reptiliano, que no admite un análisis puramente racional para definir de que lado se está.

El discurso para lograr colonizar subjetividades debe ubicarse en la intersección de los tres formatos, y debe contener mensajes racionales, mensajes emocionales, y fundamentalmente mensajes reptilianos.





A las mujeres jóvenes no se las deja crecer hacia arriba y a los hombres jóvenes no se los deja crecer hacia adentro.



El deseo de la joven de crecer, desarrollarse, no ser acosada, ganar lo mismo o más que un par hombre, está en todos los segmentos. En algunos emerge más a la superficie y en otros menos. Pero está en todos.



Los jóvenes varones tienen muchos “debería”, o “no debería”. A un varón le tienen que gustar los deportes, no debería ser gordo, ni muy flaco, ni muy petiso, ni usar ropa rosa, ni depilarse, ni llorar.

En definitiva, no tienen que tildarte de puto, y tenés mostrar que sos exitoso, que te ganás mujeres, que sos muy “macho”, que jugás bien al fútbol, que estás al tanto de las últimas noticias, tendencias, chimentos, que sos proveedor de dinero, que sos fuerte, que no arrugás, que sos sano, que sos vivo, que sos gracioso, que no sos tímido, que tenés un buen pasar, que tenés auto, que tenés un buen auto, que no te mostrás vulnerable lo que no equivale a ser invulnerable, pero si a esconder vulnerabilidades.



A la mayoría de los jóvenes le enseñaron como debe ser “un hombre de verdad”.



Con la explosión del “me too” se resignifica todo. Desde los femicidios, la violencia doméstica, hasta los piropos zarpados en la calle.

Pero es así. Vivíamos (vivíamos?) en la Sudáfrica del Aparheid en términos del lugar de la mujer.



El discurso de la marca política en el voto joven, debe hacerse cargo de esos dos tipos de demandas y sus subdemandas ponderadas y definidas por las especificidades de cada microsegemento.



Deseo de ellas



Las jóvenes desean crecer para arriba, quieren dejar de ser acosadas, desean profundamente un cambio cultural que haga que los hombres tengan en claro que no se puede andar por ahí tocando culos, extorsionando, diciendo cualquier cosa y acosando. Desean igualdad y respeto. Desean oportunidades que hoy no existen. La promesa de la marca política hacia ellas debe habilitar un nuevo escenario, disruptivo, diferente y que conteste contundentemente a la “Sudáfrica de las mujeres” del pasado.

Ellos

Desean poder despojarse de los debería y saber que serán aceptados.

Es pesado cargar con el peligro de ser todo lo que hay que ser y todo lo que no hay que ser ni parecer.

posibilidades, ese nuevo escenario con muchos más permisos y muchos menos prejuicios, deben constituirse en la promesa de la marca política hacia los jóvenes.

Las mujeres cambiaron en los últimos 50 años. De las amas de casa que miraban TV, cocinaban y cosían, a las mujeres, de hoy hay años luz de diferencia. A las mujeres se las educa diferente, a los varones igual que hace 50 años.

La represión en las mujeres tiene más que ver con el afuera, con los hombres más con el adentro.

La promesa de la marca en términos el deseo en materia de género hacia las jóvenes mujeres debe apuntar hacia la emocionalidad, que proponga una esperanza de movilidad de género ascendente, igualdad y derribamiento de prejucios en el caso de los jóvenes varones la interpelación es más reptiliana, anclada en la legitimación y aceptación de las heterogeneidades y debilidades.



Rubén Weinsteiner

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